martes, 23 de agosto de 2011

Johnny, Bestia y Yo.


Conozcan a Johnny, fue un muchacho encantador, tal vez, demasiado encantador para ser real. Johnny fue el resultado de una habilidad muy refinada. Una de esas habilidades que adquirimos cuando niños y en virtud de la cual podíamos volvernos el alma de la fiesta y el centro de atracción. Una de esas habilidades clave para la realización de nuestros caprichos, para obligar a los demás a hacer exactamente lo que nosotros deseamos pero dejándolos creer que ellos están al mando.

Curiosamente, cuando fui pequeño dicha capacidad no fue especialmente brillante en mí. Una inusual rebeldía infantil y una cierta dosis de vergüenza siempre me detuvieron, y nunca fui uno de esos niños que bailan, cantan o cuentan mil cosas con más o menos gracia. Mis padres no solían disfrutar del orgullo que producen ese tipo de críos al brillar en público y al hacerse los favoritos de sus tías, abuelos y otros adultos amigos de la familia. Por supuesto, no gané muchas de las dadivas y los beneficios que ellos recibían. No me interesaba darle gusto a nadie, si no quería no abrazaba, no hablaba, no saludaba, no baila, no cantaba y no me despedía. Pero un día todo cambió, ese niño fue desapareciendo y surgió Johnny.

Entonces, así como se invierten los polos electromagnéticos de la tierra, el niño huraño se volvió Johnny. Al entrar la adolescencia Johnny descubrió que quería muchas cosas: atención, amigos, novias, reconocimiento, diversión, placer y amor… Pero, quién sabe cómo, descubrió algo más que le sería infinitamente tan útil como problemático: todos a su alrededor también querían prácticamente lo mismo. Entonces Johnny se volvió un camaleón, de manera progresiva aprendió a adaptarse a diversas personas y situaciones, a ser apropiado al entorno para lograr sus objetivos. A veces formal, a veces intrépido, a veces tímido, a veces bailarín, intelectual, deportista, artista o cualquier otra cosa; en realidad, a pesar de que podía ser un poco torpe mientras aprendía, Johnny terminaba encajando muy bien siempre que lo deseaba. Y la razón de haber sido tan maleable y de vivir en función de los deseos de los demás fue conseguir esas cosas que quería. Pero de tanto darle gusto a los demás y de tantos roles que realizó Johnny fue olvidando qué era lo que quería, o mejor, por qué era que lo quería, y las cosas empezaron a dejar de funcionar tan bien a perder sentido y gracia. Entonces nació Bestia.

Conozcan a Bestia, él le salvó la vida a Johnny. Bestia era la reencarnación de aquel niño que no le interesaba darle gusto a nadie, solo que Bestia era fuerte y capaz de hacer justo lo que él quería sin pensarlo dos veces, sin pensar en las consecuencias. Así, mientras Johnny era observador, planificador, casi frío y calculador en su manera de definir el modo de lograr sus objetivos y de utilizar de la mejor forma posible a las personas y las situaciones que lo rodeaban; Bestia podía llegar intempestivamente a destrozar todo en un segundo y arriesgar su vida solo para abrir las compuertas que contenían las represiones de Johnny. Entonces, Bestia podía emborracharse hasta la inconsciencia, desmallarse en un andén cualquiera y si alguien le ayudaba estaba bien y si no también, si moría no había problema, de muchas maneras, ya estaba muerto. Bestia destrozaba los planes de Johnny diciéndole que era un pusilánime y un regalado, metía su dedo en la herida y lo disfrutaba, pues Bestia pensaba que Johnny era un estafador y un tramposo y que sus logros solo tenían un valor superficial.

En realidad, Bestia estaba muy triste. Escribía cuentos y poemas sobre su miseria y la incapacidad de Johnny de ser él mismo. Prefería estar solo y aislados, pero no de una forma tranquila sino casi como un auto-castigo. Bestia tenía eventuales pensamientos suicidas y profundas depresiones en las cuales contemplaba su infinita soledad y el dolor de desear cosas que le parecían ahora imposibles. Bestia odiaba el amor y la dulzura pues había aprendido con Johnny que no eran más que cosas superficiales que recibías al darle gusto a los demás, borrándote en el proceso. Bestia era un extremista y un fatalista pero de manera paradójica, era un romántico y un nostálgico y todo lo que odiaba, lo odiaba porque al igual que Johnny y que muchas otras personas deseaba atención, amigos, novias, reconocimiento, diversión, placer y amor, pero estaba convencido que todo eso era falso, que era una vil mentira en función de la cual unos y otros se manipulan entre sí para satisfacer sus intereses egoístas.


Así, mi adolescencia y el principio de mi adultez giró en torno a Johnny y a Bestia. Mi vida era un péndulo que oscilaba entre la eficiencia y la felicidad superficial de Johnny y los arranques supuestamente profundos y destructivos de Bestia. Un péndulo en donde se compensaban mutuamente dos opuestos radicales, dos extremos que siempre terminaban cansándome. Me agotaba tanto la pose apropiada de Johnny, como la caricatura existencialista de Bestia. Entonces, cuando fui consciente de esto pasó algo milagroso: decidí abandonarlos y dejarlos ir poco a poco. No quería el miedo de Johnny producto de su infinita inseguridad y dependencia hacia los demás, pero tampoco quería el miedo de Bestia relacionado con su fatalismo y negatividad. Por lo tanto, al dejar de identificarme con cada uno de ellos apareció algo inesperado: el centro del péndulo. Unos pocos instantes durante los cuales no era ni lo uno ni lo otro, no estaba Johnny ni tampoco Bestia, y lo más importante era que me sentía tranquilo y no tenía miedo. Pero esos instantes se esfumaban rápido y el péndulo seguía oscilando, todo regresaba a su ciclo, sin embargo algo cambió…    

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